EL ACTIVISMO RECONCILIADOR

– DE FARZANA KOCHAI –

Una joven parlamentaria en Afganistán se enfrenta a la realidad de su país.


EL ACTIVISMO RECONCILIADOR

– DE FARZANA KOCHAI –

Una joven parlamentaria en Afganistán se enfrenta a la realidad de su país.


Farzana Kochai fue testigo de que alguna vez en Afganistán hubo buenos hombres dentro del Talibán. Recuerda a uno de ellos, un comandante a cargo de administrar una mina de carbón en la pequeña ciudad de Baghlan, en donde Kochai vivía con su familia. Kochai lo conoció cuando tenía alrededor de 5 años. Era 1996 y los Talibán estaban ganando una violenta guerra civil en la que varios grupos guerrilleros, una vez aliados en la lucha contra la ocupación soviética de los 80, ahora competían por el control del país. El comandante llegó a Baghlan para administrar el área cercana a la mina y a sus trabajadores. El padre de Kochai era uno de ellos.

Farzana Kochai fue testigo de que alguna vez en Afganistán hubo buenos hombres dentro del Talibán

Al tomarse Kabul en 1996, los máximos líderes Talibán ordenaron cerrar cientos de colegios en Afganistán, especialmente aquellos a los que asistían niñas. Kochai, quien estaba a punto de empezar el colegio, y sus hermanas, quienes ya asistían a clase, quedaron en el limbo. Pero pronto después el comandante Talibán en la mina de Baghlan decidió brindarle educación a todos los niños y niñas del barrio. Él también tenía hijas, las adoraba, y quería lo mejor para ellas. Eso significaba educarlas. Así que contrató a una profesora e invitó a todos los niños y adolescentes del barrio a asistir a sus clases. Gracias al comandante, Kochai pudo empezar su educación y sus hermanas continuarla.

Kochai fue parte de este colegio improvisado hasta el 2001, cuando los estadounidenses invadieron Afganistán. De nuevo los colegios abrieron y Kochai y sus hermanas empezaron a ir a uno de ellos. El comandante Talibán huyó de Baghlan. Luego lo asesinaron, no se sabe muy bien quien. Parece que a todos los hombres buenos del Talibán los mataron, dice Kochai.

Asistir a un colegio no auspiciado por los Talibán se convirtió en un problema familiar de enormes proporciones. Kochai viene de una tribu Kuchi, como se le conoce a las comunidades nómadas pastoriles en Afganistán. Los Kuchi son comunidades muy unidas y conservadoras. Migran de aldea en aldea buscando la mejor manera de alimentar a sus rebaños de vacas y cabras y son muy estrictos en su interpretación del Islam. Para ellos, es una ofensa que las niñas vayan al colegio. Los tíos, tías y abuelos de Kochai le dieron un ultimátum a su padre; tenía que escoger entre educar a sus hijas o ser parte de la familia. El padre de Kochai escogió la educación de sus hijas. Y fue así como Kochai y su familia perdieron contacto con su tribu.

Los tíos, tías y abuelos de Kochai le dieron un ultimátum a su padre; tenía que escoger entre educar a sus hijas o ser parte de la familia. El padre de Kochai escogió la educación de sus hijas.

Una vez graduada del colegio, Kochai se mudó a Kabul para empezar una carrera universitaria en Tecnología informática y de comunicación. Kochai dice que cuando llegó a Kabul era muy individualista, pues solo pensaba en una carrera que la beneficiara a ella misma. Pero una experiencia laboral le hizo darse cuenta de que lo suyo era más una carrera con vocación social. Esa experiencia se dio trabajando para una ONG enfocada en la construcción de paz en Afganistán. Su rol era apoyar a reinsertados de los Talibán y a mujeres marginadas. En ese trabajo logró, por ejemplo, instalar inodoros en un colegio de niñas en donde solo había letrinas, y que miles de mujeres pudieran tener acceso a energía y agua potable.

Al vivir esta experiencia, decidió dejar atrás la tecnología y estudiar otra carrera, esta vez en derecho. Mientras lo hacía seguía trabajando, en las mañanas y en las noches después de clase. Luego pasó a trabajar con la ONU, siempre tratando de ayudar a los menos privilegiados.

En el 2018, su trabajo la envió a Herat, una provincia al occidente de Afganistán, en la frontera con Irán. La comunidad a la que iba a ayudar pertenecía a los Kuchi. Fue así como volvió a tener contacto, por primera vez en más de 10 años, con su cultura y pasado.

En ese trabajo logró, por ejemplo, instalar inodoros en un colegio de niñas en donde solo había letrinas, y que miles de mujeres pudieran tener acceso a energía y agua potable.

La vida había cambiado para los Kuchi desde que Kochai y su padre se apartaron de su tribu. Desde que llegaron los estadounidenses los Kuchis fueron altamente discriminados por millones de Afganos, quienes los percibían como simpatizantes de los Talibán. Muchos Kuchi habían sido desplazados hacia Herat y Kandahar, otra provincia que colinda con Pakistán. Allí vivían en campos de refugiados en condiciones de pobreza extrema.

Para Kochai, el reencuentro con los Kuchi fue transformador. Ellos le demostraron aprecio. Parecían estar abiertos a que una mujer les ayudara, dice Kochai, porque estaban hartos de los hombres políticos que venían a hacer promesas pero nunca las cumplían. Kochai también se encariñó con ellos. Y entre más se encariñaba, más indignación sentía ante sus condiciones de vida. Kochai vió como los niños Kuchi bebían agua del mismo estanque en donde bañaban a los animales. Vio como las familias dormían en carpas que ni siquiera las protegían del frío. Y fue testigo de partos de mujeres en la mitad del desierto, sin médicos que las pudieran ayudar. Y en medio de todo eso se preguntaba, ¿dónde está el gobierno? ¿Porqué todo el dinero que donaba la comunidad internacional no llegaba hasta los Kuchi en Herat? Pues porque no tenían quien representara, genuinamente, sus intereses ante el gobierno, dice Kochai.

Al preguntarse como más, podría ayudar a los Kochai, ella se dió cuenta que podía ser esa persona que los representara en Kabul.

Decidió, entonces rechazar una oferta laboral muy bien remunerada en Bangladesh, y lanzarse al parlamento afgano. No tenía dinero para llevar a cabo una campaña. Pero tenía el apoyo de los Kuchi, y de cientos de personas que se habían beneficiado de su trabajo. Durante los meses previos a las elecciones Kochai viajó por 12 provincias afganas, hablando con las comunidades más necesitadas. Y finalmente salió elegida como parlamentaria en el 2018. Hasta agosto de este año, representaba a los Kuchi en la Wolesi Jirga, la cámara baja del parlamento afgano.

Ser parlamentaria no fue fácil. Afganistán es una sociedad que castiga a las mujeres fácilmente. Muchos hombres colegas en el parlamento la menospreciaban, no solo por ser mujer, sino también porque hacía cosas que las mujeres supuestamente no debían hacer, como viajar, reírse, o hasta hablar en sesiones parlamentarias. Su turno para hablar siempre fue de los últimos. Y luchaba contra el nepotismo. Muchos de los hombres con poder en el parlamento pensaban en beneficiar a sus conexiones antes que a sus constituyentes.

Afganistán es una sociedad que castiga a las mujeres fácilmente. Muchos hombres colegas en el parlamento la menospreciaban, no solo por ser mujer, sino también porque hacía cosas que las mujeres supuestamente no debían hacer, como viajar, reírse, o hasta hablar en sesiones parlamentarias.

Pero para Kochai nada en su vida ha sido más duro que ver a los Talibán de vuelta en el poder. “Soy la persona más desesperanzada del mundo,” le dijo a Womento. Desde que se tomó el poder, el grupo islamista estableció un emirato y disolvió el parlamento. Kochai quedó sin trabajo, pero aún necesita sostener a su familia. Peor aún, Kochai teme por su vida, pues ha sido muy crítica de las prácticas machistas de los Talibán en el pasado, y eso es algo que ellos no toleran. Kochai dice que buscará la manera de continuar con su activismo. Pero puede que los Talibán logren silenciarla para siempre.

También teme por la vida de sus hermanos, quienes, al igual que su padre, siempre la apoyaron. En los últimos días, Los Talibán han dicho que responsabilizarán a los hombres del país por el comportamiento de las mujeres de sus familias. Es por su familia que Kochai no huye de Afganistán. No los puede dejar solos después de que ellos le dieron su incondicional apoyo.

La única esperanza que tiene Kochai está en las generaciones más jóvenes del país, aquellas que crecieron en una democracia, que tuvieron libertades fundamentales, como la libertad de expresión, y quienes pudieron ir al colegio. Ellos pueden resistirse a la opresión de los Talibán. Esa, sin embargo, puede ser una lucha de décadas.

Creo que la independencia financiera es de las cosas más importantes en la vida de una mujer. Porque solo al tener una independencia financiera se pueden tomar decisiones propias. Yo cambié de carrera, y lo pude hacer porque tenía un trabajo que me permitía pagar de nuevo esos estudios. Si no lo hubiera tenido, no habría podido hacer algo que yo quería hacer. Lo que quiero decir es que para poder gozar de independencia para tomar decisiones, hay que tener independencia financiera. No se pueden tomar decisiones propias con el dinero de otra persona, porque esa persona y sus opiniones probablemente siempre van a tener un impacto sobre nuestras decisiones.

Mi principal consejo para lograr la independencia financiera es ahorrar. Yo no he ahorrado lo suficiente en mi vida, y ahora que miro hacia atrás, quisiera haberlo hecho. También es importante que las mujeres tengamos la autonomía de decidir cómo utilizar el dinero que ganamos trabajando. En mi país, es común que los maridos le quiten el sueldo a las mujeres que trabajan. Eso es inaceptable. Cuando las mujeres ganan su propio dinero, tienen que asegurarse de que sean ellas las que lo controlen. Ese dinero está ahí para empoderarlas a ellas y a nadie más.

Mi principal consejo para lograr la independencia financiera es ahorrar.